viernes, 15 de octubre de 2010

Retorno a la inocencia

Cuando decimos que la vida nos duele, siempre caen como referencia aspectos negativos como las preocupaciones diarias, las obligaciones, los desencantos, los desamores, la mala fortuna, etc... Pero nunca nos detenemos a pensar sobre la pérdida de un valor elemental y primordial que llevamos guardado en lo más intimo casi desde que tenemos uso de razón: la inocencia...
Dejar de ser inocente es caer en una verdad absoluta, irrefutable y dolorosa. La vida no es tal cual la creíamos, tiene sus virtudes es cierto, pero de a poco comienzan a aparecer cosas negativas de las cuales jamás supimos de su existencia.


Conforme pasan los años, esta pérdida de inocencia nos hace menos permeables, endurece nuestra condición humana, nos vuelve menos receptivos y con menor predisposición, pero por sobre todas las cosas nos pone temerosos, desconfiados, predecibles, y en el fondo deja algo de impureza en nuestro pensamiento.
La pérdida de la inocencia es irreparable y no hay vuelta atrás, la ingenuidad de nuestra niñez se pierde para siempre, se hace añicos contra una pared cargada de conocimientos oscuros. Intentar detener esta suerte del destino es como intentar detener el tiempo. La cosa está juzgada, los conocimientos ya se adentraron en nuestra conciencia de manera permanente, no somos inocentes, somos conocedores de todo lo que nos daña, y lo peor aún, es que conocemos también nuestra propia capacidad de dañar.
Aquellos cándidos años de la niñez en donde todo era inocente quedarán guardados en nuestra memoria como la muestra más fiel de nuestra verdadera condición humana, quizá si la vida no nos hubiera cruzado con tanta demostración de malicia, nuestros corazones serían puros como el de los niños, lamentablemente tantos años de exposición en un mundo plagado de malas intenciones, han mellado nuestra alma, nuestra conciencia, nuestra misma esencia.
Es cierto, una vida a pura inocencia es aterradoramente peligrosa, quien haya pecado alguna vez de inocente sabrá de lo que hablo, sin embargo estaría dispuesto a pagar ese precio, por el mero hecho de volver a sentir la inocencia que me permita desconocer la existencia de todo lo que me perturba.
Quedara como compensación, como estímulo o como consuelo, la posibilidad de permitirnos sentir un poco de sentimiento de culpa. Si en efecto, este sentimiento aflora de nuestros corazones, por la sencilla razón de habernos quedado sin inocencia, querra decir que en el fondo jugamos para el bando de las buenas personas, las personas nobles y de corazones sinceros, que se reconocen con poca inocencia, pero que al menos se acongojan y se perturban por haber perdido ese sentimiento puro que solo se siente cuando uno es niño...

domingo, 12 de septiembre de 2010

Desazón de un domingo por la tarde...


Un viejo dicho reza: "no hay nada más aburrido que un lunes a la mañana". Sin embargo esta remanida frase esconde un secreto a voces... Los domingos por la tarde suelen ser peor. Quizá no tanto por el aburrimiento en sí, sino más bien por la desagradable sensación que se vive allá por las 6 de la tarde, cuando el sol comienza a perder fuerza, cuando el rocío del atardecer se apodera del aire, cuando las responsabilidades del lunes comienzan a hacer mella en la conciencia, cuando los accesos y las autopista se atascan de domingueros empedernidos que vuelven a sus casas creyendo burlar la desazón de este día tan particular. Y créanme que no existe antídoto eficaz para este terrible padecimiento, las salidas domingueras, muy por el contrario, pueden exacerbar la pesadumbre por la sencilla razón de tener que volver, tarde o temprano a nuestros hogares. Y ahí nos encontraremos, aburridos, depresivos y con un peso terrible sobre nuestras espaldas... Las benditas obligaciones del resto de la semana, causa principal de la desolación del domingo.
Seguramente la carga genética del ser humano obedece a un patrón que, lejos de mantenerse inalterable, se acrecienta a través del tiempo. Quién haya podido olvidar aquellos años de domingos por la tarde, con madres planchando guardapolvos, deberes sin hacer, lecciones aún sin repasar, estufas a kerosene recién encendidas, y programas de TV arto repetidos, tendrá resuelto un gran porcentaje de esa maldita desazón de domingo...


Muy por el contrario, a aquellos que guardamos viva esa sensación tan particular, nos resultará sumamente difícil encontrar un sentimiento ajeno a la desolación de un domingo por la tarde. El lánguido recuerdo de ese olorcito a ropa caliente emanda directamente de las entrañas de una vieja plancha, será recapturado con cada prenda preparada casi para la misma ocasión pero 30 años más tarde, quizá el guardapolvo sea suplantado por una camisa, sin embargo el eterno ritual del vaivén de la plancha los domingos por la tarde, dará lugar a que los recuerdos se mantengan inalterables a través del tiempo. Y créanme que la franca sensación de vacío que se experimenta un domingo al atardecer puede empeorar si a esto le sumamos que estamos en pleno invierno, el oscurecimiento temprano, el frío sepulcral que empieza a adueñarse de la casa y el servicio meteorológico que no da buenas perspectivas para el resto de la semana. Mientras tanto en la calle, los negocios permanecerán cerrados, los últimos domingueros arribaran a sus casas creyendo haber burlado la pesadumbres dominical a fuerza de acumular millas de viajero repletas de bocinazos y embotellamientos. Creerán que con su salida dominguera salvaron el domingo, sin detenerse a pensar que la carga genética es imborrable y los años de desazón junto a esa madre que planchaba un guardapolvo quedarán arraigados para siempre en un vago rincón de nuestra mente... Seamos lo suficientemente adultos para reconocer que el domingo no fue hecho con otra intensión más que la de causarnos un profunda tristeza, una desazón particular, esa desazón de domingo que solo se evita cuando el lunes es feriado...

miércoles, 1 de septiembre de 2010

Memorias de la bolsita de agua caliente

La decepción de lo que algún día fue y ya no será. La culminación de tiempos prósperos que no duran para siempre. Su efímera vida acogedora señalándome de manera temprana mi urgente necesidad por valorar lo bueno, antes de que la llegada de la madrugada me arranque de manera definitiva toda demostración de amistad por parte de ella.
La reciprocidad casi nula de aquella fiel amiga que nada pide a cambio, solo que valoremos su entrega antes de que la noche de los tiempos le quite toda posibilidad de seguir entregando su calor incondicional.
¿Habrá en la vida algo más decepcionante que la sensación de soledad y abandono que se vive en el mismísimo momento en que la bolsita de agua caliente comienza a perder sus propiedades para lo cual fue creada…??? Las fantasmagóricas penumbras de la noche darán lugar a las primeras luces del alba de manera inevitable y como en tantos otros ordenes de la vida, aquí también nos encontrará solos, vacíos y decepcionados. El solcito de la mañana nos calentará la cara, pero nunca será capaz de llenar ese hueco inmenso del alma que nos dejó esa vieja amiga allá por las tres de la mañana, cuando decidió abandonarnos a nuestra suerte, en ese océano Antártico que parecieran conformar nuestras sábanas. Un iceberg a los pies de la cama, la mismísima Antártida personificada en la hora más austral, más oscura... la hora del abandono definitivo.


Al igual que una vela que se apaga, una flor que se marchita o una novia que envejece, la bolsita de agua caliente nos enseña con su inevitable caída de temperatura, que nada es para siempre, que todo fue una vez y ya no será. Que la madrugada inexorablemente vendrá por ella y que si no fuimos capaces de disfrutar de su compañía en su momento de esplendor, después será tarde y el frío del abismo de las cobijas se apoderará de nuestros pies, de nuestro cuerpo y de nuestro alma.
Llegarán otras noches invernales en donde su compañía será igualmente necesaria, pero lo cierto es que esta noche ella ya se ha ido, o mejor dicho, ella está, pero su cuerpo inerte yace casi indiferente, gélido, vacío de buenas intenciones. Su amistad ya no es tal, ahora se ha convertido en nuestra enemiga, lo que antes nos daba ahora nos quita, y lo peor de todo es que desde ese recóndito lugar de la cama parece estar diciéndonos: - Me hubieras valorado cuando aún me tenías…

jueves, 12 de agosto de 2010

Añorar lo que nunca jamás sucedio...

Y como dice el gran poeta contemporáneo Joaquín Sabina, "No hay nostalgia peor, que añorar lo que nunca jamás sucedió"...


Pareciera existir una regla general que indica que para toda existencia de un recuerdo es imperiosa la necesidad de un suceso que genere dicho recuerdo, sin embargo aquellos hombres sensibles de alma, muchas veces caemos en la difícil contradicción de recordar lo que nunca jamás sucedió. Créanme que es un dolor difícil de sobrellevar, no solo por la condición física que provoca a la altura del pecho, sino también por la desagradable sensación de no poder explicarlo, ni siquiera ejemplificarlo y mucho menos resolverlo...
La memoria de lo que nunca sucedió definitivamente no tiene explicación coherente, sin embargo trataremos de llegar a alguna conclusión que nos deje al menos un poco conforme sobre su origen.
Una de las posibilidades que se me ocurren, es que si en épocas pasadas tuvimos un gran sueño que nunca pudimos concretar, es muy factible que en nuestro interior, sucesos que nunca terminaron de concretarse, pudieron haberse alojado de manera permanente, pese a que nunca ocurrieron como tales. Si durante una gran parte de nuestra vida, nos pasamos añorando la posibilidad de vivir en una casa junto al mar, es muy factible que el simple olor salitroso de los atardeceres en la playa, nos retrotraiga a recuerdos de esa vida que nunca sucedió, pero de la cual tuvimos muchos pensamientos que lo relacionan.
Otra posibilidad sería por el lado de la necesidad permanente de nuestra mente de buscar recuerdos, principalmente cuando por medio de fotos, sonidos o relatos, nuestro cerebro intenta denodadamente adquirir cierta información que pareciera haber quedado en el olvido, si los recuerdos no aparecen, tanta exigencia mental podría provocar que esos "falsos recuerdos" sean aceptados como verdaderos, y por ende, cuando un falso recuerdo se apodera de nuestra mente, es muy factible que asome desde algún recóndito hueco de nuestro cerebro, la nostalgia de algo que nunca jamás sucedió. Aquella vieja foto de cumpleaños que llega a nuestras manos de manera tardía y de la que no teníamos idea de su existencia, puede generar en nuestra mente un sin fin de forzados recuerdos en donde la realidad se mezcla con la fantasía, y por lo tanto diferentes situaciones que nunca ocurrieron pueden pasar a formar parte de "historias conocidas" solamente porque nuestro cerebro necesita relacionar dicha foto con nuestra conciencia.


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Quizá ninguna de mis teorías sean acertadas, ni tratándolas de manera separada ni haciendo una sumatoria de ambas, no obstante el simple hecho de buscar una mínima respuesta que me deje algún mínimo concepto claro, debería ser tomado al menos para mí, como algo sumamente tranquilizador, que al menos me permita no caer en el espiral de la locura de seguir recordando lo que nunca jamás sucedió. Aquellos viejos amigos de las noches de insomnio con ceniceros cargados de madrugadas eternas, que quieran aportar alguna teoría un poco más "tranquilizadora" acerca de esta rara perturbación de la mente, serán sumamente bienvenidos...

miércoles, 28 de julio de 2010

Por siempre un niño....

¿Por que cuando sueño, siempre soy un niño y muy rara vez sueño como adulto...?
¿Por que los momentos como la navidad o las vacaciones de verano son los que espero con más ansiedad y vaya casualidad, todos están íntimamente relacionados con la niñez...?
¿Por que los primeros días de marzo siento como que recién arranco el año, si trabajo todo enero y mitad de febrero...? Será por ese clima de comienzo de clases...?
Mi psicóloga diría que tengo una situación no resuelta con la niñez, pero... ¿Estoy dispuesto a resolver esta situación si es algo que me provoca satisfacción...?
Debería replantearme soluciones si además de estas cosas que me pasan, viviera pendiente del espejo, midiendo milímetro a milímetro las entradas de mi frente, o la cantidad de canas que se multiplican casi exponencialmente de temporada a temporada. Pero para que tratar de evitar el paso del tiempo, si es solo un hecho estético que no guarda relación alguna con mis sentimientos. Para el caso, si quisiera guardar una relación entre lo estético y lo que pasa por mi cabeza, también debería evitar medir más de un metro setenta, tener la voz gruesa o la barba a medio afeitar ya que en mi interior sigo siendo un pequeñito ser de 5 o 6 años.

Yo, un día de verano de 1976 o 1977

Mis amigos de la juventud, viven tratando de evitar el paso del tiempo, creyendo conservar un eterno semblante de 20 años que los mantenga aptos para un eventual romance con alguna joven y bella mujer. Yo en cambio, quisiera conservar aquel semblante de segundo o tercer grado, que me mantenga apto para ser reconocido por la calle si me cruzara con alguna de mis maestras de la escuela primaria, o para que Papá Noel me siga trayendo regalos o algunas de mis tías me regale plata cuando viene de visita, para jugar con los soldaditos sin complejos de culpa o para poder utilizar la bicicleta aún con las rueditas puestas.
Si tuviera que escribir una autobiografía, este libro debería contar con tres capítulos principales: primero mi niñez, que iría desde el prólogo hasta la página 250. El segundo capítulo debería corresponder a la adolescencia que alcanzaría solamente con una hoja, mientras que el tercero y último dedicado a mis épocas como adulto, sería solo de media carilla. De esta manera llegaría el inevitable final de este libro un tanto austero, algo sufrido, con las tapas desgastadas y las hojas amarillentas por el paso de los años, que sin embargo guardaría en las páginas dedicadas a la niñez, los dibujos más coloridos, las fotos más bellas, los relatos más entretenidos y los comentarios más felices...!!!



miércoles, 21 de julio de 2010

Aquellas viejas fotos…

Año 1974. Con mi hermano en Mar del Plata

Año 1977. Con pasamontañas rojo, junto a mis viejos y mi hermano en Bariloche.

Y que hay de aquellas viejas fotos que cada tanto llegan a nuestras manos, y de la que no podemos formar parte de ella, por la sencilla razón de no contar con recuerdos de ese momento… Por más que en la foto se vea reflejada inexorablemente una vivencia personal, no contamos con el soporte emocional necesario para armar una correlación entre esa imagen y nuestra existencia de aquel entonces.
Una fuerte sensación de impotencia se adueña de nuestra mente al no encontrar la ruta correcta que nos permita entrelazar recuerdos para llegar a esa foto en el mismísimo instante en que fue tomada. Revolvemos viejas tarjetas perforadas dentro de nuestros gabinetes cerebrales en busca de la codificación correcta que nos permita obtener el recuerdo coincidente con aquel momento, pero por más esfuerzo que hagamos el recuerdo no aparece. La información se borró, la tarjeta evidentemente se averió o está en un casillero equivocado. Seguramente si fueran recuerdos más cercanos estarían en soporte magnético y por lo tanto se hubieran salvado.


Mientras tanto aquella vieja foto seguirá ahí, inmutable, casi eterna, mirándonos desde un pequeño porta retratos o desde un viejo álbum de cuerina anaranjada, haciéndonos saber que ese suceso de aquel día ocurrió de manera innegable, pero nuestra mente perezosa seguira esquivando ciertos núcleos riquísimos de información vaya uno a saber porque. Los recuerdos están guardados en algún lado, pero el mecanismo para llegar a esa información evidentemente ha desaparecido para siempre... A veces, de tanto forzar los recuerdos, nuestro cerebro termina creyendo que los encontró y nuestra imaginación comienza a jugarnos una mala pasada, sumergiéndonos en un mundo en donde se confunde lo real con lo ficticio, no sabiendo diferenciar en donde termina un recuerdo y donde comienza un invento de la mente. Que frustrante sensación, la de haber vivido algo innecesariamente, para que tantos lindos momentos si ni siquiera nos queda un pedacito de recuerdo.

martes, 29 de junio de 2010

Memoria Selectiva, Auditiva, Olfativa...






La Memoria es la función cerebral que resulta de las conexiones sinápticas repetitivas entre las neuronas, lo que crea redes neuronales, a este fenómeno se le conoce como potenciacon a largo plazo . Permite a los seres más evolucionados retener experiencias pasadas. Estas experiencias, según el alcance temporal con el que se correspondan, se clasifican, convencionalmente, en memoria a corto plazo (consecuencia de la simple excitación de la sinapsis para reforzarla o sensibilizarla transitoriamente) y memoria a largo plazo (consecuencia de un reforzamiento permanente de la sinapsis gracias a la activación de ciertos genes y a la síntesis de las proteínas correspondientes). Pero para no caer en terminología cientísta y aburrir con teorías de hospital neurológico podríamos hacer una diferenciación de memoria, un poco más ligada a las experiencias personales.



Memoria Selectiva

A
lgunas personas tienen un don muy especial conocido como "memoria selectiva" (y eso es bueno o es malo...?) Depende de como funcionen los parámetros de selección... Algunos ejercitan la memoria selectiva con el único fin de ocultar un pasado un tanto oscuro. Otros en cambio (con un pasado un poco más llevadero) acuden a la memoria selectiva con el objetivo de quedarse solo con lo bueno, pero particularmente tampoco coincido con esta forma de pensamiento, debido a que a veces es necesario recordar ciertos acontecimientos "poco felices" para aprender del pasado.
Si pudiéramos andar por la vida solo recordando las cosas buenas, sería muy factible que viviéramos repitiendo los mismos errores una y otra vez, errores que precisamente fueron los que provocaron que en el pasado hayamos experimentado ciertos desatinos, vivencias poco felices o papelones de esos que es mejor no acordarse. Si la gente solo pudiera ser capaz de recordar los momentos felices, no existirian frases tales como: "- Es la primera y ultima vez que me pasa algo así..." "- Esto no me vuelve a pasar más..." "- Me (embromaron) una vez, pero no me (embroman) más..." "-De eso, mejor no acordarse..."
Por eso me parece necesario, aunque resulte más doloroso, tener el umbral de selección de memoria lo más bajo posible, precisamente para que el pasado nos sirva de soporte para el presente, de manera que a medida que vayamos adquiriendo más años de vida, más aprendamos y por ende logremos alcanzar la mayor capacidad de sabiduría. Algo que en los pueblos de la antigüedad se respetaba como regla principal, cuanto mayor era la persona, más sabia era. ¿Será que estos antiguos sabios no practicaban la memoria selectiva y por eso eran sabios...???



Memoria Auditiva


Sin dudas esta es mi memoria preferida. Parece mentira como un simple sonido nos puede hacer retrotraer a situaciones que nunca volvimos a recordar hasta ese momento. Ni que hablar cuando la memoria se activa por la construcción de un sonido más complejo como una melodía o directamente una canción completa. Es que la música puede crear y recrear atmósferas completas de sensaciones, sentimientos, colores, aromas y hasta estados de animo, que conforme queden grabados en nuestra memoria, volverán a activarse cada vez que ese sonido o esa canción vuelva a ser escuchada. Como no viajar en el tiempo cada vez que suena la canción del mundial del 90... O como no volver otra vez a la escuela cuando escuchamos: - " Alta en cieeeeelo, un aguila guerreeeeera... Y se me vienen a la mente un sin fin de ejemplos, solo que no quiero caer en la cursillería de traer a colación un interminable decálogo de situaciones amorosas relacionadas con la música. Si estaban esperando la poco original idea, de que les cuente sobre desencuentros amorosos a partir de la canción "Everybody Hurts" de R.E.M., lo lamento, pero este no es un bloog de pollerudos que andan llorando por los rincones porque una mina los dejó, eso es para los tangueros...



Memoria Olfativa

A
unque no prestemos atención, esté tipo de memoria, o mejor dicho, esta manera de relacionar los sucesos del pasados a partir de un olor, es tan común como la que acabamos de describir anteriormente. Por lo general esos olores que han caído en desuso, es decir que no son tan normales en nuestros días, están inevitablemente ligados a situaciones del pasado. Por ejemplo, un olor característico que no guarda relación alguna para el presente de la mayoría de los adultos, es el olor a "portaútil", mezcla rara de madera de pinturitas Faber Castell, con goma de borrar Staedtler o similar y delicados y finos toques de alcohol de fibras Sylvapen. Con semejante "cocktel" de olores... ¿Quien puede resistirse a un melancólico viaje al pasado y caer definitivamente depositado en una tarde primaveral de 4to o 5to grado del colegio primario...???. Claro, si los olores están presentes en el día a día, (como le puede ocurrir a cualquier maestra de primaria) este olor no guardará ningún viaje al pasado, sino más bien al presente cotidiano, más amigo del fastidio que de la nostálgia. Y que decir del olor a pescado frito y su consecuente traslado de emociones vividas durante unas vacaciones en la costa...??? Y el olor a pólvora mezclado con asado de todas las Nochebuenas?. Bueno, como ha quedado totalmente evidenciado, es imposible separar ciertos olores, con algunas situaciones vividas con anterioridad. Y si de revivir viejos sucesos se trata, también se pueden forzar ciertos recuerdos a través de la simulación o mejor dicho de la creación de ciertos olores de manera artificial.
Memoria Olfato-auditiva

Todo aquel que tenga minimamente desarrollado el sistema "olfato-auditivo" y sea capaz de asociarlo a la memoria, será capaz de crear su propio decálogo de recuerdos en funcion de estos paramentros, o sea momentos que están específicamente representados por un olor y un sonido en particular. Solo es cuestión de hacer la prueba...


viernes, 25 de junio de 2010

Melancolía y nostalgia, o la creación de una nueva palabra para definir un estado de ánimo...?


La Melancolía se define como una psicosis que se caracteriza por depresión profunda, dolor moral, sentimiento de culpabilidad, de desmoronamiento, de autodesprecio, afecciones que van acompañadas por inhibición psicomotriz, lentitud del pensamiento y malestar corporal de tipo hipocondríaco. Un cuadro que puede colocar al paciente al borde del suicidio. Esta enfermedad, igual que la tuberculosis, fue elevada a la categoría de sublime por el romanticismo. Estuvo presente en nuestra cultura y en nuestra lengua desde siempre, sufriendo diversas modificaciones (melangía, metralgía, melarchía... ) que no prosperaron. Debido a su buena prensa, la melancolía ha sido objeto de obras literarias y pictóricas.
Inicialmente denominada melancolía y frecuentemente confundida con ella, la depresión es uno de los trastornos psiquiátricos más antiguos de los que se tiene constancia. A lo largo de la historia se evidencia su presencia a través de los escritos y de las obras de arte, pero también, mucho antes del nacimiento de la especialidad médica de la psiquiatría, es conocida y catalogada por los principales tratados médicos de la antigüedad. El origen del término melancolía se encuentra, de hecho, en Hipócrates, aunque hay que esperar hasta el año 1725 en el que se la rebautiza con el término actual de depresión

La Nostalgia describe un anhelo del pasado. La nostalgia es referida comúnmente no como una enfermedad ni un campo del estudio, sino como un sentimiento que cualquier persona normal puede tener. La nostalgia es el sufrimiento de pensar en algo que se ha tenido y que ahora ya no se tiene. La nostalgia se puede asociar a menudo con una memoria cariñosa de niñez, una persona, un cierto juego o un objeto personal estimado.
Los estudios muestran que muchas personas creen que en años o décadas pasadas las personas estaban mejor de lo que están ahora, con un nivel de vida más alto. Esta creencia es muy típica de la nostalgia. Los artículos en la Cultura Pop a menudo pueden provocar un sentimiento fuerte de la nostalgia.
La nostalgia ya no se refiere a una enfermedad, sin embargo puede conllevar síntomas que son tanto verdaderos como físicos en la naturaleza. Estos síntomas pueden incluir, opresión en el pecho y/o garganta, el dolor en la boca del estómago, y se sabe que la nostalgia puede llevar a la desesperación.
La nostalgia no es definible científicamente, distintos pensadores han hablado de ella: Nostalgia es la sublimación en la indeterminación de un anhelo del alma desbordado en la materia, “como un amar sin ser amado y como un dolor que sentimos en miembros que no tenemos”; por el cual se transparenta un “echar de menos lo que no somos”, y la aceptación de que nos encontramos “incompletos y mancos”.
La nostalgia mezcla “un sentimiento de encanto ante el recuerdo del objeto ausente o desaparecido para siempre en el tiempo, un sentimiento de dolor ante la inasequibilidad de ese objeto, en fin un anhelo de retorno que quisiera transponer la enigmática distancia que separa el ayer del hoy y reintegrar el alma en la situación que el tiempo ha abolido.”


Por lo tanto podríamos decir que una persona "melancostálgica" (termino que aún no existe según la RAE) podría ser aquella cuyos sentimientos reúnen ambas definiciones, osea: una nostalgia por los tiempos que ya no volverán, pero cargado de un fuerte sentimiento de dolor, de tristeza y desánimo. Sin embargo por tratarse de un termino cuyo significado no existe, me gustaría tomarme la licencia de darle un tinte más personal y tratar a la "melancostalgia" como aquel estado de ánimo que no nos permite disfrutar del presente, debido a que en un futuro no muy lejano también sufriremos de nostalgia y melancolía por estos momentos presentes que inevitablemente ya no volverán. Osea que se trata de un estado anticipado de melancolía y nostalgia por sucesos actuales que dentro de unos años serán parte del pasado. Como soy una persona melancostálgica, sé de antemano que dentro de unos años sentiré una profunda sensación de nostalgia y melancolía cuando recuerde los días en que realicé estos escritos. Todo esto siempre y cuando se lo acompañe con fuertes dosis musicales (a manera de banda sonora) de interpretes tales como Joy División, The Smith, Radiohead o cualquier representante del mejor British Pop salido de un sótano Manchesteriano en una fría y lluviosa tarde de otoño.



Todo tiempo pasado fue mejor...?

D
e ninguna manera, en todo caso, solo algunos sucesos del pasado pudieron ser mejor. Generalmente solemos exacerbar ciertos momentos vividos por el mero hecho de que no volverán a suceder, por lo tanto no debemos caer en la confusión de que son recordados como momentos "más felices" o simplemente "mejores" a los de hoy en día.
Cuando suelo recordar épocas de la escuela primaria, parecen aflorar desde los más recónditos huecos de mi conciencia, innumerables momentos de felicidad plena, sin embargo debo reconocer que no siempre fui feliz durante la primaria. Muchas veces me enojé, muchas veces tuve miedo y muchas veces preferí estar en mi casa antes que en la escuela.
El mejor ejemplo para reconocer que no todo tiempo pasado fue mejor, es darse cuenta que nuestra insatisfacción o infelicidad actual, será transformada en nostalgia y melancolía el día de mañana, cuando recordemos los sucesos del presente.

Se puede evitar la melancostalgia...?
Una vez que nuestro ser interior es conciente de la existencia de la melancostalgia no hay marcha atras, es imposible evitar que nuestro presente se vea afectado por aquella congoja futura de un presente que pasó y que ya formará parte del pasado. Sin embargo el simple hecho de saber sobre su existencia puede ayudarnos a atenuar esa desagradable sensación de que todo tiene un final inevitable en algún momento. De la misma manera que cuando necesitamos que el tiempo pase lo más rápido posible no debemos mirar el reloj porque parecerá que el tiempo no transcurre, la mejor manera de tratar de que este presente no siga de largo, es precisamente ser concientes a cada momento de su corta duración, y aprender a vivir como el último día, cada día de nuestras vidas. Pero por favor que esto no suene a consejo de "libro de autoayuda" no quisiera adentrarme en tierras lejanas, amigas de ciertos pensamientos orientales, no me vean como un maestro de tunica blanca y cabeza rapada, ya que esto va más allá de la autoayuda espiritual, esto es simplemente un consejo de alguien que vive escapando al paso del tiempo, no por el miedo a la vejez, sino más bien por el miedo al desvanecimiento del presente y a la melancólica sensación de no haber disfrutado lo suficiente del pasado en el momento en que este fue presente.