domingo, 12 de septiembre de 2010

Desazón de un domingo por la tarde...


Un viejo dicho reza: "no hay nada más aburrido que un lunes a la mañana". Sin embargo esta remanida frase esconde un secreto a voces... Los domingos por la tarde suelen ser peor. Quizá no tanto por el aburrimiento en sí, sino más bien por la desagradable sensación que se vive allá por las 6 de la tarde, cuando el sol comienza a perder fuerza, cuando el rocío del atardecer se apodera del aire, cuando las responsabilidades del lunes comienzan a hacer mella en la conciencia, cuando los accesos y las autopista se atascan de domingueros empedernidos que vuelven a sus casas creyendo burlar la desazón de este día tan particular. Y créanme que no existe antídoto eficaz para este terrible padecimiento, las salidas domingueras, muy por el contrario, pueden exacerbar la pesadumbre por la sencilla razón de tener que volver, tarde o temprano a nuestros hogares. Y ahí nos encontraremos, aburridos, depresivos y con un peso terrible sobre nuestras espaldas... Las benditas obligaciones del resto de la semana, causa principal de la desolación del domingo.
Seguramente la carga genética del ser humano obedece a un patrón que, lejos de mantenerse inalterable, se acrecienta a través del tiempo. Quién haya podido olvidar aquellos años de domingos por la tarde, con madres planchando guardapolvos, deberes sin hacer, lecciones aún sin repasar, estufas a kerosene recién encendidas, y programas de TV arto repetidos, tendrá resuelto un gran porcentaje de esa maldita desazón de domingo...


Muy por el contrario, a aquellos que guardamos viva esa sensación tan particular, nos resultará sumamente difícil encontrar un sentimiento ajeno a la desolación de un domingo por la tarde. El lánguido recuerdo de ese olorcito a ropa caliente emanda directamente de las entrañas de una vieja plancha, será recapturado con cada prenda preparada casi para la misma ocasión pero 30 años más tarde, quizá el guardapolvo sea suplantado por una camisa, sin embargo el eterno ritual del vaivén de la plancha los domingos por la tarde, dará lugar a que los recuerdos se mantengan inalterables a través del tiempo. Y créanme que la franca sensación de vacío que se experimenta un domingo al atardecer puede empeorar si a esto le sumamos que estamos en pleno invierno, el oscurecimiento temprano, el frío sepulcral que empieza a adueñarse de la casa y el servicio meteorológico que no da buenas perspectivas para el resto de la semana. Mientras tanto en la calle, los negocios permanecerán cerrados, los últimos domingueros arribaran a sus casas creyendo haber burlado la pesadumbres dominical a fuerza de acumular millas de viajero repletas de bocinazos y embotellamientos. Creerán que con su salida dominguera salvaron el domingo, sin detenerse a pensar que la carga genética es imborrable y los años de desazón junto a esa madre que planchaba un guardapolvo quedarán arraigados para siempre en un vago rincón de nuestra mente... Seamos lo suficientemente adultos para reconocer que el domingo no fue hecho con otra intensión más que la de causarnos un profunda tristeza, una desazón particular, esa desazón de domingo que solo se evita cuando el lunes es feriado...

miércoles, 1 de septiembre de 2010

Memorias de la bolsita de agua caliente

La decepción de lo que algún día fue y ya no será. La culminación de tiempos prósperos que no duran para siempre. Su efímera vida acogedora señalándome de manera temprana mi urgente necesidad por valorar lo bueno, antes de que la llegada de la madrugada me arranque de manera definitiva toda demostración de amistad por parte de ella.
La reciprocidad casi nula de aquella fiel amiga que nada pide a cambio, solo que valoremos su entrega antes de que la noche de los tiempos le quite toda posibilidad de seguir entregando su calor incondicional.
¿Habrá en la vida algo más decepcionante que la sensación de soledad y abandono que se vive en el mismísimo momento en que la bolsita de agua caliente comienza a perder sus propiedades para lo cual fue creada…??? Las fantasmagóricas penumbras de la noche darán lugar a las primeras luces del alba de manera inevitable y como en tantos otros ordenes de la vida, aquí también nos encontrará solos, vacíos y decepcionados. El solcito de la mañana nos calentará la cara, pero nunca será capaz de llenar ese hueco inmenso del alma que nos dejó esa vieja amiga allá por las tres de la mañana, cuando decidió abandonarnos a nuestra suerte, en ese océano Antártico que parecieran conformar nuestras sábanas. Un iceberg a los pies de la cama, la mismísima Antártida personificada en la hora más austral, más oscura... la hora del abandono definitivo.


Al igual que una vela que se apaga, una flor que se marchita o una novia que envejece, la bolsita de agua caliente nos enseña con su inevitable caída de temperatura, que nada es para siempre, que todo fue una vez y ya no será. Que la madrugada inexorablemente vendrá por ella y que si no fuimos capaces de disfrutar de su compañía en su momento de esplendor, después será tarde y el frío del abismo de las cobijas se apoderará de nuestros pies, de nuestro cuerpo y de nuestro alma.
Llegarán otras noches invernales en donde su compañía será igualmente necesaria, pero lo cierto es que esta noche ella ya se ha ido, o mejor dicho, ella está, pero su cuerpo inerte yace casi indiferente, gélido, vacío de buenas intenciones. Su amistad ya no es tal, ahora se ha convertido en nuestra enemiga, lo que antes nos daba ahora nos quita, y lo peor de todo es que desde ese recóndito lugar de la cama parece estar diciéndonos: - Me hubieras valorado cuando aún me tenías…