
Un viejo dicho reza: "no hay nada más aburrido que un lunes a la mañana". Sin embargo esta remanida frase esconde un secreto a voces... Los domingos por la tarde suelen ser peor. Quizá no tanto por el aburrimiento en sí, sino más bien por la desagradable sensación que se vive allá por las 6 de la tarde, cuando el sol comienza a perder fuerza, cuando el rocío del atardecer se apodera del aire, cuando las responsabilidades del lunes comienzan a hacer mella en la conciencia, cuando los accesos y las autopista se atascan de domingueros empedernidos que vuelven a sus casas creyendo burlar la desazón de este día tan particular. Y créanme que no existe antídoto eficaz para este terrible padecimiento, las salidas domingueras, muy por el contrario, pueden exacerbar la pesadumbre por la sencilla razón de tener que volver, tarde o temprano a nuestros hogares. Y ahí nos encontraremos, aburridos, depresivos y con un peso terrible sobre nuestras espaldas... Las benditas obligaciones del resto de la semana, causa principal de la desolación del domingo.
Seguramente la carga genética del ser humano obedece a un patrón que, lejos de mantenerse inalterable, se acrecienta a través del tiempo. Quién haya podido olvidar aquellos años de domingos por la tarde, con madres planchando guardapolvos, deberes sin hacer, lecciones aún sin repasar, estufas a kerosene recién encendidas, y programas de TV arto repetidos, tendrá resuelto un gran porcentaje de esa maldita desazón de domingo...
Seguramente la carga genética del ser humano obedece a un patrón que, lejos de mantenerse inalterable, se acrecienta a través del tiempo. Quién haya podido olvidar aquellos años de domingos por la tarde, con madres planchando guardapolvos, deberes sin hacer, lecciones aún sin repasar, estufas a kerosene recién encendidas, y programas de TV arto repetidos, tendrá resuelto un gran porcentaje de esa maldita desazón de domingo...

Muy por el contrario, a aquellos que guardamos viva esa sensación tan particular, nos resultará sumamente difícil encontrar un sentimiento ajeno a la desolación de un domingo por la tarde. El lánguido recuerdo de ese olorcito a ropa caliente emanda directamente de las entrañas de una vieja plancha, será recapturado con cada prenda preparada casi para la misma ocasión pero 30 años más tarde, quizá el guardapolvo sea suplantado por una camisa, sin embargo el eterno ritual del vaivén de la plancha los domingos por la tarde, dará lugar a que los recuerdos se mantengan inalterables a través del tiempo. Y créanme que la franca sensación de vacío que se experimenta un domingo al atardecer puede empeorar si a esto le sumamos que estamos en pleno invierno, el oscurecimiento temprano, el frío sepulcral que empieza a adueñarse de la casa y el servicio meteorológico que no da buenas perspectivas para el resto de la semana. Mientras tanto en la calle, los negocios permanecerán cerrados, los últimos domingueros arribaran a sus casas creyendo haber burlado la pesadumbres dominical a fuerza de acumular millas de viajero repletas de bocinazos y embotellamientos. Creerán que con su salida dominguera salvaron el domingo, sin detenerse a pensar que la carga genética es imborrable y los años de desazón junto a esa madre que planchaba un guardapolvo quedarán arraigados para siempre en un vago rincón de nuestra mente... Seamos lo suficientemente adultos para reconocer que el domingo no fue hecho con otra intensión más que la de causarnos un profunda tristeza, una desazón particular, esa desazón de domingo que solo se evita cuando el lunes es feriado...

