miércoles, 28 de julio de 2010

Por siempre un niño....

¿Por que cuando sueño, siempre soy un niño y muy rara vez sueño como adulto...?
¿Por que los momentos como la navidad o las vacaciones de verano son los que espero con más ansiedad y vaya casualidad, todos están íntimamente relacionados con la niñez...?
¿Por que los primeros días de marzo siento como que recién arranco el año, si trabajo todo enero y mitad de febrero...? Será por ese clima de comienzo de clases...?
Mi psicóloga diría que tengo una situación no resuelta con la niñez, pero... ¿Estoy dispuesto a resolver esta situación si es algo que me provoca satisfacción...?
Debería replantearme soluciones si además de estas cosas que me pasan, viviera pendiente del espejo, midiendo milímetro a milímetro las entradas de mi frente, o la cantidad de canas que se multiplican casi exponencialmente de temporada a temporada. Pero para que tratar de evitar el paso del tiempo, si es solo un hecho estético que no guarda relación alguna con mis sentimientos. Para el caso, si quisiera guardar una relación entre lo estético y lo que pasa por mi cabeza, también debería evitar medir más de un metro setenta, tener la voz gruesa o la barba a medio afeitar ya que en mi interior sigo siendo un pequeñito ser de 5 o 6 años.

Yo, un día de verano de 1976 o 1977

Mis amigos de la juventud, viven tratando de evitar el paso del tiempo, creyendo conservar un eterno semblante de 20 años que los mantenga aptos para un eventual romance con alguna joven y bella mujer. Yo en cambio, quisiera conservar aquel semblante de segundo o tercer grado, que me mantenga apto para ser reconocido por la calle si me cruzara con alguna de mis maestras de la escuela primaria, o para que Papá Noel me siga trayendo regalos o algunas de mis tías me regale plata cuando viene de visita, para jugar con los soldaditos sin complejos de culpa o para poder utilizar la bicicleta aún con las rueditas puestas.
Si tuviera que escribir una autobiografía, este libro debería contar con tres capítulos principales: primero mi niñez, que iría desde el prólogo hasta la página 250. El segundo capítulo debería corresponder a la adolescencia que alcanzaría solamente con una hoja, mientras que el tercero y último dedicado a mis épocas como adulto, sería solo de media carilla. De esta manera llegaría el inevitable final de este libro un tanto austero, algo sufrido, con las tapas desgastadas y las hojas amarillentas por el paso de los años, que sin embargo guardaría en las páginas dedicadas a la niñez, los dibujos más coloridos, las fotos más bellas, los relatos más entretenidos y los comentarios más felices...!!!



miércoles, 21 de julio de 2010

Aquellas viejas fotos…

Año 1974. Con mi hermano en Mar del Plata

Año 1977. Con pasamontañas rojo, junto a mis viejos y mi hermano en Bariloche.

Y que hay de aquellas viejas fotos que cada tanto llegan a nuestras manos, y de la que no podemos formar parte de ella, por la sencilla razón de no contar con recuerdos de ese momento… Por más que en la foto se vea reflejada inexorablemente una vivencia personal, no contamos con el soporte emocional necesario para armar una correlación entre esa imagen y nuestra existencia de aquel entonces.
Una fuerte sensación de impotencia se adueña de nuestra mente al no encontrar la ruta correcta que nos permita entrelazar recuerdos para llegar a esa foto en el mismísimo instante en que fue tomada. Revolvemos viejas tarjetas perforadas dentro de nuestros gabinetes cerebrales en busca de la codificación correcta que nos permita obtener el recuerdo coincidente con aquel momento, pero por más esfuerzo que hagamos el recuerdo no aparece. La información se borró, la tarjeta evidentemente se averió o está en un casillero equivocado. Seguramente si fueran recuerdos más cercanos estarían en soporte magnético y por lo tanto se hubieran salvado.


Mientras tanto aquella vieja foto seguirá ahí, inmutable, casi eterna, mirándonos desde un pequeño porta retratos o desde un viejo álbum de cuerina anaranjada, haciéndonos saber que ese suceso de aquel día ocurrió de manera innegable, pero nuestra mente perezosa seguira esquivando ciertos núcleos riquísimos de información vaya uno a saber porque. Los recuerdos están guardados en algún lado, pero el mecanismo para llegar a esa información evidentemente ha desaparecido para siempre... A veces, de tanto forzar los recuerdos, nuestro cerebro termina creyendo que los encontró y nuestra imaginación comienza a jugarnos una mala pasada, sumergiéndonos en un mundo en donde se confunde lo real con lo ficticio, no sabiendo diferenciar en donde termina un recuerdo y donde comienza un invento de la mente. Que frustrante sensación, la de haber vivido algo innecesariamente, para que tantos lindos momentos si ni siquiera nos queda un pedacito de recuerdo.