Dejar de ser inocente es caer en una verdad absoluta, irrefutable y dolorosa. La vida no es tal cual la creíamos, tiene sus virtudes es cierto, pero de a poco comienzan a aparecer cosas negativas de las cuales jamás supimos de su existencia.

Conforme pasan los años, esta pérdida de inocencia nos hace menos permeables, endurece nuestra condición humana, nos vuelve menos receptivos y con menor predisposición, pero por sobre todas las cosas nos pone temerosos, desconfiados, predecibles, y en el fondo deja algo de impureza en nuestro pensamiento.
La pérdida de la inocencia es irreparable y no hay vuelta atrás, la ingenuidad de nuestra niñez se pierde para siempre, se hace añicos contra una pared cargada de conocimientos oscuros. Intentar detener esta suerte del destino es como intentar detener el tiempo. La cosa está juzgada, los conocimientos ya se adentraron en nuestra conciencia de manera permanente, no somos inocentes, somos conocedores de todo lo que nos daña, y lo peor aún, es que conocemos también nuestra propia capacidad de dañar.
Aquellos cándidos años de la niñez en donde todo era inocente quedarán guardados en nuestra memoria como la muestra más fiel de nuestra verdadera condición humana, quizá si la vida no nos hubiera cruzado con tanta demostración de malicia, nuestros corazones serían puros como el de los niños, lamentablemente tantos años de exposición en un mundo plagado de malas intenciones, han mellado nuestra alma, nuestra conciencia, nuestra misma esencia.
Es cierto, una vida a pura inocencia es aterradoramente peligrosa, quien haya pecado alguna vez de inocente sabrá de lo que hablo, sin embargo estaría dispuesto a pagar ese precio, por el mero hecho de volver a sentir la inocencia que me permita desconocer la existencia de todo lo que me perturba.
Quedara como compensación, como estímulo o como consuelo, la posibilidad de permitirnos sentir un poco de sentimiento de culpa. Si en efecto, este sentimiento aflora de nuestros corazones, por la sencilla razón de habernos quedado sin inocencia, querra decir que en el fondo jugamos para el bando de las buenas personas, las personas nobles y de corazones sinceros, que se reconocen con poca inocencia, pero que al menos se acongojan y se perturban por haber perdido ese sentimiento puro que solo se siente cuando uno es niño...